miércoles, 26 de octubre de 2011

LA CRUELDAD LOS IGUALA. Nitu Pérez Osuna

El odio no es otra cosa que un sentimiento de destrucción y autodestrucción. No tiene justificación desde el punto de vista racional porque atenta contra la posibilidad de diálogo y construcción común. Genera una intensa sensación de desagrado, una inmensa aversión hacia algo o alguien y encierra violencia en sí mismo.

Es eso lo que he percibido a través de las imágenes que incesantemente le dan la vuelta al mundo sobre el asesinato de Muamar Gadafi... odio acumulado de tal manera que llevó a quienes le encontraron a comportarse igual a quien adversaba, con primitiva ferocidad.

¿En qué se diferencian entonces? Gadafi fue un destructor por excelencia, quienes acabaron con su vida, se autodestruyeron...

No pretendo pontificar sobre esto. Pero sí creo necesario que reflexionemos sobre el daño que ocasionan en mentes y almas las salvajes arremetidas del poder contra todo disidente o crítico de sus ejecutorias.

La persecución humillante, la amenaza constante, la siembra del miedo que algunos poderosos imponen a través de expresiones de animosidad, ira y hostilidad hacia una persona o grupo, atraerán hacia el empoderado, rabia y desprecio, elementos sustantivos del odio generador de impensables barbaridades que destruirán a unos y otros, tarde o temprano, inexorablemente.

La barbarie de lado y lado no da resultados positivos para ninguna sociedad.

No simpaticé jamás con ese hombre conocido como Gadafi, como no me simpatiza ningún dictador por abusivo, represor y violador de los derechos humanos, quienes utilizando la fuerza y la represión, silencian a los disidentes y opositores encarcelándolos o desapareciéndolos. ¿Acaso no fue eso lo que hizo Gadafi durante sus más de 40 años en el poder?

La descendencia de las víctimas del régimen libio creció guardando la sed de vengar a sus perseguidos, torturados y muertos a tal punto, que a Gadafi le fue liquidada antes que su vida, la hombría.

Final terrible para un hombre que hace apenas unos meses le veíamos pavonearse envuelto en túnicas y disfraces, cínicamente omnipotente, custodiado por hombres y mujeres de armas, adornado con un verbo repleto de palabras de "amor hacia su pueblo". Epílogo de una vida plagada de excesos, locuras y supuesta valentía que se esfumó al momento de morir clamando por clemencia.

El pueblo libio estaba expectante y silencioso, llevaba cuatro décadas con la procesión por dentro y cuando se desataron los demonios de la ira y el odio, el mundo entero asistió a una guerra donde las balas y las piedras acabaron con todo y los igualó en la crueldad.
- EL UNIVERSAL -